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¿POR QUÉ NOS ENFERMAMOS?

Emociones, desamor y ego como raíces del desequilibrio


El ser humano no es solo un cuerpo que respira y se mueve; es también una trama profunda de pensamientos, emociones, recuerdos, vínculos y silencios. La enfermedad, en este sentido, no surge únicamente como un error biológico o una falla mecánica del organismo, sino también como un lenguaje: el cuerpo comienza a hablar de aquello que la conciencia no se atreve a decir. Muchas veces, el síntoma aparece justo en el lugar donde la palabra fue reprimida.

Las emociones son fuerzas vivas. Cuando fluyen, nos permiten adaptarnos y aprender; pero cuando se estancan, se niegan o se vuelven contra nosotros mismos, se transforman en carga. El sistema nervioso, el inmunológico y el endocrino dialogan constantemente con lo que sentimos. El miedo sostenido contrae; la rabia contenida quema por dentro; la tristeza no expresada apaga lentamente. Así, lo no elaborado se inscribe en la carne: tensión crónica, insomnio, dolor, fatiga, hipertensión, úlceras. El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar.

No se trata de afirmar que “la emoción crea mágicamente la enfermedad”, sino de reconocer que cuerpo y psique forman una sola unidad viva, un tejido indivisible donde todo lo que sentimos tiene resonancia biológica.

La Escritura ya intuía esta unidad cuando afirmaba:

“Un corazón alegre constituye buen remedio, pero el espíritu triste seca los huesos”

— Proverbios 17:22


El desamor —la ausencia de amor hacia otros y hacia uno mismo— hiere hondamente la salud. No es solo la pérdida de una relación; es, sobre todo, el olvido de amarnos. Cuando vivimos lejos de lo que somos, cuando el corazón se siente exiliado de su propia verdad, cuando nos exigimos sin compasión y habitamos la culpa o la sensación de no ser suficientes, se instala una carencia que va debilitando la vitalidad. El desamor nos desconecta del cuerpo, de los demás y del sentido de la vida, y en esa desconexión se abre un espacio para el sufrimiento.


Jesús nos recordó la raíz sanadora del amor cuando dijo:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

— Mateo 22:39

Sin olvidar la primera parte implícita: amarte a ti mismo también es mandamiento de vida.


El ego también participa en el proceso de enfermar. No el ego sano que sostiene nuestra identidad, sino el ego rígido que necesita tener razón, dominar, aparentar, controlar y defender su imagen a cualquier precio. Ese ego se alimenta del miedo y fabrica guerras interiores constantes entre lo que somos y lo que creemos “deber ser”. La tensión crónica que nace de vivir en permanente comparación, juicio y autoexigencia termina por agotar los sistemas de regulación del organismo.

El ego teme la vulnerabilidad; y cuando no nos permitimos llorar, descansar, pedir ayuda o reconocer nuestras heridas, el cuerpo habla por nosotros. La enfermedad se convierte entonces en un freno sagrado: el cuerpo obligando a detenernos donde la mente se negó. Jesús ya lo había señalado cuando dijo:


“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”

— Mateo 11:28

En última instancia, enfermamos cuando nos separamos de la coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos; cuando la vida se divide y el alma no encuentra lugar para expresarse. Sin embargo, la enfermedad también puede convertirse en maestra: nos invita a mirarnos, a reconciliarnos con nuestras emociones, a volver al amor —no como romanticismo superficial, sino como profundo respeto por la vida que somos— y a poner al ego en su sitio: servidor y no amo.

Sanar no siempre significa eliminar todos los síntomas, pero sí significa volver a la integridad: reconocernos, abrazar nuestra historia, permitir que la emoción vuelva a moverse y dejar que el amor se convierta en principio organizador de la existencia.
Entonces el cuerpo recuerda su sabiduría, la vida recupera su armonía y se cumple suavemente la promesa:


“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”

— Juan 10:10

Dr. Jota Rodríguez

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