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PA’LANTE VAN LOS TIROS, PA’TRÁS LOS CASCARONES

Con amor a mi padre y a todos los padres del mundo

 «Pa’lante van los tiros, pa’trás los cascarones.»


Ese era el grito de batalla de mi padre cuando los tragos le calentaban el alma y el alcohol le nublaba la razón. Lo repetía con fuerza, como quien desafía la vida, los miedos y los fantasmas que lo acompañaban desde la infancia.

Gracias a Dios, hace muchos años dejó la bebida. También vendió el revólver que había adquirido legalmente para defenderse de los ladrones que imaginaba acechándolo en cada esquina. Los años, la experiencia y la sabiduría fueron apagando aquellos temores que tantas veces inquietaron su corazón.

Recuerdo una noche, después de una larga jornada de trabajo. Había cerrado su tienda y se disponía a asegurar puertas y ventanas cuando unos amigos se acercaron a saludarlo. El alcohol había confundido su percepción. No los reconoció. Sin mediar palabra desenfundó su revólver y gritó:

—¡Pa’lante van los tiros, pa’trás los cascarones!

Disparó varias veces.

Gracias a Dios, su pulso alterado por la embriaguez desvió cada disparo y nadie resultó herido. Aquel día comprendí que la providencia también vela por los imprudentes y que la misericordia de Dios suele alcanzarnos incluso cuando nosotros mismos no sabemos cuidarnos.

Mi padre fue un hombre recio. Campesino. Inteligente. Forjado por el trabajo desde los siete años de edad. Conoció la orfandad a los doce, y desde entonces aprendió a abrirse paso en la vida con esfuerzo, disciplina y una voluntad inquebrantable.

Fue un hombre solitario, caminante y luchador. Un trabajador incansable. Aunque apenas cursó algunos años de escuela primaria, poseía una inteligencia práctica extraordinaria. Fue visionario para los negocios, aun cuando muchos de sus proyectos no alcanzaron el éxito que merecían.

De él aprendimos el valor de la honradez, la importancia de la palabra empeñada, el amor por el trabajo y la lealtad hacia la familia. Detestaba el chisme, la mentira y las habladurías. Su ejemplo nos enseñó que la dignidad de una persona vale más que cualquier riqueza material.

Pero también fue un hombre de sombras, como todos los seres humanos. La dureza de la vida le enseñó a ser orgulloso, impulsivo y, en ocasiones, autoritario. Creció en una cultura donde el machismo parecía normal y donde el alcohol era compañero frecuente de muchos hombres. A veces reaccionaba desde la emoción antes que desde la reflexión. Muchas veces era un hombre de insultos, de gestos y actitudes que podían herir.

Era, en muchos aspectos, semejante a tantos padres de nuestra tierra: hombres moldeados por el trabajo, la necesidad y las dificultades; hombres que aprendieron a resistir antes que a expresar sus sentimientos.

Desde niño escuchó hablar de Dios. Fue un hombre religioso, de misa dominical y rosario frecuente. Sin embargo, como ocurre con muchos creyentes, tardó años en descubrir que Dios es mucho más que una práctica religiosa; que Dios es amor vivo, presencia transformadora y conciencia despierta.

Y, como un buen padre que nunca abandona a sus hijos, Dios tampoco lo abandonó a él.

La vida fue moldeando su carácter. Los años fueron puliendo las asperezas de su alma. Poco a poco comenzó a descubrir quién era realmente Juan Rodríguez.

Tomó conciencia de los daños que causaba el alcohol y lo dejó atrás.

Tomó conciencia de sus reacciones impulsivas y comenzó a cambiar.

Tomó conciencia de sus errores y aprendió a pedir perdón.

Comenzó a abrazar más.

A escuchar más.

A leer mas.

A amar más.

Se convirtió en un abuelo amoroso, en un esposo más comprensivo, en un padre más cercano y en un consejero lleno de experiencia.

De él aprendimos que la vida no es fácil. Que muchas veces se parece a una selva llena de belleza, pero también de peligros. Que para avanzar se necesita valentía, perseverancia y un corazón dispuesto a seguir aprendiendo.

La vida nos enfrenta constantemente al abandono, la pérdida, el miedo, la violencia, el resentimiento y el dolor. Pero también nos ofrece la oportunidad de descubrir algo más grande: que el amor es la verdadera fuerza que sostiene la existencia y que el propósito más profundo del ser humano es aprender a amar.

Mi padre terminó comprendiendo esa verdad.

Aprendió a amarse.

Aprendió a amar con mayor conciencia.

Aprendió que el éxito no consiste en acumular bienes, sino en dejar huellas de bondad en quienes nos rodean.

Y entonces aquel viejo grito de batalla adquirió para mí un significado completamente nuevo.

Hoy ya no escucho en él el eco de las armas ni de la violencia.

Hoy escucho otra cosa.

Escucho el llamado a disparar hacia adelante los proyectiles del amor, la bondad, la compasión, la generosidad y el perdón.

Y dejar atrás, como cascarones vacíos, el resentimiento, el odio, la soberbia, la codicia y todo aquello que nos aparta de Dios.

Porque las únicas armas capaces de transformar el mundo son las que nacen del amor.

Gracias, papá, por existir.

Gracias por tus aciertos y también por tus errores, porque ambos me enseñaron.

Gracias por tu trabajo silencioso, por tus luchas, por tus sacrificios y por el amor que muchas veces expresaste más con hechos que con palabras.

Y gracias a todos los padres del mundo que, con sus luces y sus sombras, siguen intentando cada día ser mejores hombres para sus hijos.

Que Dios los bendiga.

Y que pa’lante sigan yendo los tiros del amor… mientras atrás quedan, para siempre, los cascarones del miedo y del desamor.

 

Dr. Jota Rodríguez

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