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EL AMOR DE UNA MADRE

El amor que nunca se apaga

Ser madre es convertirse en amor. Es dar vida… y seguir dándola cada día. Es una experiencia transformadora que va más allá de la biología. Es un acto de amor incondicional, de valentía silenciosa y de entrega constante. Es sostener sin ser vista, amar sin medida, entregarse sin condiciones.

Ser madre es proteger, guiar y educar, muchas veces dejando de lado el propio tiempo para cuidar la vida que ha sido confiada a sus manos.

Es convertirse en refugio, en sostén, en presencia que acompaña en la alegría y consuela en la tristeza. Una madre abraza el alma.

Una madre transforma su manera de pensar, de sentir y de vivir. Su vida deja de girar en torno a sí misma y encuentra un nuevo centro: sus hijos.

Enseña a vivir, transmite valores, cultiva la paciencia, y ofrece amor incluso cuando no es comprendida.

La maternidad es una vocación profunda, un pilar esencial de la familia y de la sociedad. Incluso la ciencia nos recuerda algo maravilloso:

Todos provenimos de una misma línea materna ancestral, una ta-ta-ta… tatarabuela africana, una herencia viva que ha sido transmitida de generación en generación. La vida misma ha viajado a través del amor de una madre.

Ser madre implica una responsabilidad inmensa, pero también un privilegio sagrado.

Su ternura, su cuidado y su amor marcan la historia de la humanidad de manera silenciosa, pero profunda.

Hablar de una madre es hablar de amor. El amor de una madre no tiene medida.
Está en la risa, y también en el dolor.
Esta en la espera,
en el silencio,
en la oración que nadie escucha.

Está en la alegría de la gestación,
en el dolor del parto,
en las noches sin dormir,
en las preocupaciones constantes,
en los silencios llenos de entrega.

Acompaña cada etapa: la infancia, la adolescencia, la juventud, la adultez. Y en cada una de ellas, permanece.

Su amor no se explica… se vive. Y aunque el tiempo pase, aunque la distancia llegue, aunque la ausencia duela, el amor de una madre permanece. Porque ese amor no termina… se transforma.

Ese amor, muchas veces incomprendido, es uno de los reflejos más puros del amor de Dios.

Pero también existe una realidad dolorosa que no puede ignorarse. Aunque la mayoría de las madres son manantiales de amor y ternura, algunas llevan en el alma heridas profundas causadas por la violencia, el abuso, el miedo, el abandono o embarazos vividos en medio del sufrimiento.

Cuando el corazón humano ha sido herido por el desamor, puede perder la capacidad de cuidar, proteger o amar plenamente. Entonces aparecen la tristeza, la culpa, el resentimiento y la desesperanza, dejando a muchos hijos expuestos al abandono, la violencia y caminos de oscuridad.

Por eso, más que condenar, el amor invita a comprender.

Elevemos una oración a Dios para que abrace a tantas madres heridas por la vida y sane sus corazones cansados. Que su amor restaure la dignidad perdida, alivie el sufrimiento y haga florecer nuevamente la esperanza allí donde el dolor parecía haber apagado la alegría de la vida.

Gracias, Dios, por el regalo de una madre. Gracias, mamá, por tu vida, por tu amor, por tu entrega. Y si ya no está, su amor permanece vivo en la memoria, en el corazón, y en todo lo que somos.

Gracias, mamás, por existir.
Dr. Jota Rodríguez.

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