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EL QUE MAS TIENE…. MAS QUIERE

El ego acumula; el amor comparte


Este popular refrán suele utilizarse para describir a las personas codiciosas, avaras o tacañas; aquellas a quienes les cuesta compartir un poco de lo mucho —o de lo poco— que poseen.

Lo vemos con frecuencia. El mundo parece estar lleno de personas que afirman amar a Dios —algunas incluso predican, celebran cultos o participan activamente en comunidades religiosas—, pero que en el fondo de su corazón aman más el dinero, el poder y las riquezas que al propio Dios.

En nuestra época, la riqueza material se ha convertido para muchos en un fin en sí mismo. El dinero, el prestigio, la influencia y la apariencia ocupan el centro de la existencia. Y cuando esto sucede, el corazón se endurece, la conciencia se oscurece y la vida comienza a perder su verdadero sentido.


El ser humano busca oro, pero pierde el alma.

Busca poder, pero pierde la paz.

Busca tener, pero olvida ser.


La codicia
es el deseo persistente de poseer más de lo necesario, especialmente bienes materiales. No nace del hambre física, sino de una carencia interior que permanece oculta. Es el intento del ego por llenar con cosas externas un vacío que no sabe nombrar.


El ego codicioso confunde el tener con el valer.

    • Acumula sin gratitud.
    • Retiene por miedo.
    • Comparte con dificultad.

Y vive convencido de que la felicidad se encuentra en la próxima adquisición. En el fondo, no busca más cosas; busca seguridad, reconocimiento, control y amor.


Su discurso silencioso suele decir:

    • «Si tengo más, valgo más.»
    • «Si acumulo, estaré a salvo.»
    • «Si los demás tienen menos, yo gano.»

Pero la realidad es otra. Cuanto más acumula, más teme perder. Cuanto más posee, más grande parece hacerse el vacío interior.

La codicia no es un exceso de deseo;
es una falta de sentido.

La avaricia va aún más lejos. No consiste únicamente en querer más, sino en el miedo profundo a no ser suficiente, a perder lo conseguido o a quedarse sin nada. Es una estrategia del ego para intentar controlar el mundo exterior y compensar una inseguridad interior que no ha sido sanada.

La persona avara no solo retiene dinero. También puede retener tiempo, afecto, conocimientos, oportunidades e incluso amor.

Su lógica interior es sencilla:

    • «Si no tengo más, no soy suficiente.»
    • «Si suelto, pierdo.»
    • «Si controlo, sobrevivo.»

Sin embargo, cuanto más se aferra, más ansiedad experimenta. La avaricia promete seguridad, pero produce inquietud. Promete estabilidad, pero genera rigidez. Promete abundancia, pero termina alimentando la sensación de escasez.


Desde la psicología
, la codicia y la avaricia suelen relacionarse con experiencias tempranas de carencia emocional, abandono, inseguridad o escasez. El «tener» se convierte entonces en un sustituto del «ser».

El ego herido aprende a protegerse reteniendo. Acumula bienes, prestigio o poder como quien construye una fortaleza para proteger una herida que aún no ha cicatrizado.

La cultura contemporánea fortalece esta dinámica. Constantemente nos invita a consumir más, poseer más y aparentar más, prometiendo una felicidad que nunca termina de llegar.


Desde la neurociencia
, la explicación también resulta reveladora. La expectativa de obtener ganancias, activa los circuitos cerebrales de recompensa, especialmente aquellos relacionados con la dopamina. Sin embargo, la dopamina no genera satisfacción duradera; genera deseo. Por eso, una vez alcanzado un objetivo, pronto aparece otro.

El placer es breve.

La búsqueda continúa.

Y el vacío permanece.

Es una especie de adicción silenciosa donde el deseo nunca encuentra descanso.

Por eso la corrupción no comienza en los sistemas políticos ni en las estructuras económicas. Comienza en el corazón humano. Nace de la codicia, de la avaricia y del deseo de obtener más sin importar el costo.

De esa raíz brotan la injusticia, el abuso de poder, la explotación y la desigualdad.

Los grandes actos de corrupción suelen comenzar con pequeñas concesiones interiores: una mentira, una ventaja indebida, un engaño aparentemente insignificante, una ambición que no encuentra límites.

La codicia endurece.

La riqueza sin propósito vacía.

El ego esclaviza.

Pero el amor libera.

Incluso la religión puede ser utilizada de manera equivocada cuando se convierte en un medio para obtener beneficios personales. Cuando Dios deja de ser el fin y se transforma en un instrumento para alcanzar riqueza, prestigio o poder, la fe pierde su esencia.

Por eso Jesús enseñó:

«No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen y donde los ladrones entran a robar. Acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corrompen y donde los ladrones no pueden robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.»

Jesús no habla únicamente de dinero; habla del corazón.

Porque el verdadero tesoro no es aquello que poseemos, sino aquello que ocupa el centro de nuestra vida.

Aquello que más amamos termina moldeando lo que somos.

Jesús no condena la riqueza. Lo que advierte es el peligro del apego. Porque cuando el dinero ocupa el lugar de Dios, el ser humano termina perdiéndose a sí mismo.

Un mundo más justo y más humano no comienza en las leyes ni en las instituciones. Comienza en el corazón.

Cuando el ser humano se libera de la codicia, de la avaricia y del apego desordenado, recupera la capacidad de amar, servir y vivir en verdad.


Entonces descubre que el verdadero tesoro no se acumula.

    • Se comparte.
    • No se guarda.
    • Se entrega.
    • No se posee.
    • Se vive.

Haz del amor tu tesoro.

Haz de Dios tu centro.

Y descubrirás que quien posee amor, aunque tenga poco, ya posee lo esencial.

Porque quien encuentra a Dios encuentra una riqueza que ninguna crisis puede quitar, ningún ladrón puede robar y ninguna muerte puede destruir.


Dr. Jota Rodríguez.

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