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REFLEXIÓN SOBRE EL AMOR Y AMISTAD

RATÓN Y QUESO, AMIGOS SON

 Mi mamá siempre me decía:
«Ratón y queso, amigos son. No te confíes de nadie, que el más amigo te da traición».

Es un refrán muy conocido en nuestro país. Lo hemos escuchado, lo hemos tarareado en canciones y, seguramente, muchos han tenido la desafortunada experiencia de comprobarlo en carne propia.

El desamor, la traición y la deslealtad parecen haberse convertido en una especie de pandemia silenciosa. Vivimos en un mundo necesitado de amor, pero también de amigos verdaderos. Tener amigos leales, comprometidos y capaces de permanecer a nuestro lado en los momentos difíciles no es fácil; tampoco es tan común como quisiéramos.

La amistad es una relación afectiva, pura y desinteresada entre dos o más personas, sustentada en valores como la confianza, el respeto, el afecto, la solidaridad y el apoyo mutuo. Pero más allá de cualquier definición, la verdadera amistad se reconoce cuando llegan las dificultades: cuando desaparecen los aplausos, cuando ya no tenemos nada que ofrecer y, aun así, alguien decide quedarse.

En Colombia, durante el mes de septiembre, celebramos el Día del Amor y la Amistad. Es un día especial: los enamorados expresan su amor regalando flores, chocolates y dulces; se invita a una cena especial y se crean momentos cargados de afecto. Todo parece hermoso. La oxitocina circula a raudales por las venas, el amor brota a borbotones en los corazones enamorados y los amigos se abrazan, expresan su cariño y brindan por la vida, por la amistad y por el privilegio de tener personas especiales e incondicionales a nuestro lado.

Pero quizá la verdadera celebración del amor y la amistad no debería limitarse a un día del calendario.

En el mundo actual, tener amigos verdaderos e incondicionales es un privilegio, un don, un regalo de Dios. Y, si tenemos la fortuna de encontrarlos, debemos aprender también a ser ese amigo para alguien más.

Gracias a Dios, muchos tenemos al menos una persona en quien confiar; un hombro sobre el cual apoyar la cabeza y llorar; alguien que, con el paso de los años, se ha convertido en un hermano del alma. Alguien con quien compartimos alegrías, tristezas, silencios y esperanzas, y con quien nos ayudamos mutuamente a aligerar las cargas del camino.

Porque eso también es amar:
ayudar a que el otro pueda caminar cuando sus propias fuerzas comienzan a faltarle.


El amor es humano y es divino.

Es humano cuando amamos a nuestros seres queridos y lo hacemos con todo el corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.

Pero el amor se vuelve divino cuando lo encarnamos y somos capaces de amar incluso a quienes no nos aman; cuando hacemos el bien a quienes nos han hecho daño; cuando perdonamos; cuando bendecimos a quienes nos maldicen; cuando oramos por quienes nos calumnian; cuando, en definitiva, amamos a la manera de Jesús.

¡Qué difícil es amar así!

Nuestra naturaleza humana, con sus propias sombras, muchas veces lo hace casi imposible. El resentimiento, el rencor, el odio, el orgullo y el deseo de venganza aparecen como fuerzas que nos alejan del amor.

Pareciera una utopía.

Y, sin embargo, quizá esa sea precisamente una de las grandes tareas que tenemos como seres humanos, como Homo sapiens: aprender a trascender nuestras propias limitaciones para convertirnos en seres capaces de amar de una manera nueva.

Como discípulos del Maestro Jesús, si queremos ser felices y contribuir a construir un planeta donde pueda existir verdadera paz; si queremos trascender nuestra existencia y continuar viviendo en ese espacio-tiempo atemporal que Jesús llama Cielo, debemos aprender a hacerlo.

Debemos despojarnos de nuestras vanidades, de nuestros orgullos y de nuestra soberbia. Y debemos pedir ayuda, porque solos no podemos.

Necesitamos dejarnos tocar por la gracia del Espíritu Santo.

Necesitamos dar el salto.

El salto hacia un océano de amor que nos empape, que nos impregne, que transforme nuestra manera de mirar, de pensar y de relacionarnos con los demás.

Entonces podremos comenzar a ser hombres y mujeres nuevos, con una conciencia renovada y habitada por un amor más puro.

Solo así podremos humanizar el mundo.

Solo así podremos convertirnos en cocreadores del Reino del Amor en la Tierra.

Tal vez, al final, la verdadera amistad no consista simplemente en encontrar a alguien que nunca nos traicione. Tal vez consista también en convertirnos nosotros en esa persona que jamás traiciona, que permanece, que perdona, que acompaña y que ama.

Porque el amor verdadero no se demuestra solamente con palabras, flores, chocolates o abrazos…. El amor verdadero se encarna.

A todos mis amigos, a todos mis pacientes y a todos aquellos que, de una u otra manera, han compartido conmigo un tramo de este maravilloso camino que llamamos vida:

¡Feliz Día del Amor y la Amistad!

Con afecto,

José Joaquín Rodríguez G.
-Dr. Jota Rodríguez-

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