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LAS MOSCAS Y LAS ABEJAS

EL AMOR BUSCA FLORES; EL EGO BUSCA HERIDAS

Hace algún tiempo escuché una reflexión que comparaba la naturaleza de las moscas y las abejas. Aunque sencilla, encierra una profunda enseñanza sobre la condición humana.

Las moscas cumplen una función importante en los ecosistemas. Ayudan a reciclar la materia orgánica y participan en diversos procesos naturales. Sin embargo, tienen una característica particular: por más limpio, bello y agradable que sea un lugar, si existe cerca algo en descomposición, una herida abierta o un poco de suciedad, inevitablemente se sentirán atraídas hacia ello. “Siempre buscan posarse sobre el popo”

Las abejas, por el contrario, cumplen una misión extraordinaria. Son de los polinizadores más importantes del planeta. Gracias a su trabajo silencioso, miles de especies vegetales pueden reproducirse y gran parte de los alimentos que consumimos llegan a nuestras mesas. Poseen una asombrosa capacidad para encontrar flores incluso en medio de extensos territorios. Allí donde otros ven un campo árido, ellas buscan el néctar que dará origen a nueva vida.

Quizá esta comparación también pueda aplicarse al ser humano.

Hay personas que viven como las moscas. Por más bondad, nobleza o generosidad que encuentren en los demás, su atención se dirige casi siempre hacia los errores, las debilidades y las faltas. Se alimentan del chisme, de la crítica, de la sospecha o del juicio.

Parecen incapaces de contemplar la belleza de una persona sin detenerse primero en sus defectos. Allí donde hay una herida, se posan sobre ella; allí donde hay una equivocación, la magnifican; allí donde hay sufrimiento, a veces añaden más dolor.

Otras personas viven como las abejas. No porque ignoren los defectos humanos, sino porque eligen buscar aquello que hay de bueno, noble y verdadero en cada ser humano. Son personas que descubren flores donde otros solo ven espinas.

Su presencia consuela, anima y fortalece. No convierten los errores ajenos en condenas, sino en oportunidades para comprender, ayudar y acompañar. Como las abejas, colaboran silenciosamente para que la vida florezca a su alrededor.

La lucha entre estas dos tendencias habita en cada uno de nosotros. Todos tenemos algo de mosca y algo de abeja. Todos podemos caer en el juicio, la crítica o la maledicencia; pero también todos podemos elegir la bondad, la compasión y la misericordia.

La pregunta importante no es qué son los demás.

La verdadera pregunta es:

¿Qué estoy buscando yo?

¿Las sombras o la luz?

¿Los defectos o las virtudes?

¿La herida o la posibilidad de sanación?

Y es precisamente aquí donde las palabras de Jesús adquieren toda su profundidad.

El Maestro conocía bien el corazón humano. Sabía que existe una tendencia a fijarnos en los defectos ajenos mientras ignoramos nuestras propias limitaciones. Por eso enseñó:

“No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?

¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para ayudar a tu hermano.”

Jesús no prohíbe el discernimiento; lo que condena es la actitud de superioridad moral. No nos invita a ignorar el error, sino a reconocer primero nuestras propias sombras antes de señalar las de los demás.

El juicio nace muchas veces de una mirada herida. Se convierte en una forma de autoafirmación: comparar, clasificar, señalar y sentirse superior. Pero detrás de esa aparente seguridad suele esconderse el miedo, la inseguridad o una herida que aún no ha sido sanada.

Con frecuencia vemos en los demás aquello que no hemos reconocido en nosotros mismos. Criticamos lo que nos incomoda, rechazamos lo que hemos reprimido y magnificamos en otros aquello que nos cuesta aceptar en nuestro propio corazón.

Por eso el juicio divide. Levanta muros donde el amor quiere construir puentes. Endurece el corazón donde la compasión desea florecer.

Jesús propone otro camino:

    • Mira primero tu interior.
    • Reconoce tu fragilidad.
    • Acepta tus propias limitaciones.
    • Entonces la mirada cambia.
    • Ya no busca condenar, sino comprender.
    • Ya no busca humillar, sino ayudar.
    • Ya no se alegra del error ajeno, sino que procura sanar la herida.

Porque solo quien conoce sus propias luchas puede mirar las luchas de los demás con misericordia.

La medida que usamos con otros será también la medida que recibiremos.

    • El juicio endurece el corazón. La compasión lo transforma.
    • Antes de mirar al otro, mira dentro de ti.
    • Antes de señalar, comprende.
    • Antes de condenar, ama.

Porque solo quien se reconoce imperfecto puede mirar al otro con los ojos de Dios.

Las moscas encuentran fácilmente aquello que está corrompido.

Las abejas recorren largas distancias para encontrar una flor.

Que nuestro corazón aprenda a parecerse más a las abejas que a las moscas, porque allí donde el amor encuentra una flor, la vida vuelve a florecer.


Dr. Jota Rodríguez.

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